Joder, no lo entiendo. Me pasa algo. Algo que, de una forma o de otra, siempre ha estado ahí, pero que últimamente está creciendo de una manera impresionante dentro de mí. El sentimiento más grande que ha albergado mi corazón en mucho tiempo. Me pasa algo, sí. Ese algo eres tú.
Ya no puedo ni mirar una foto tuya sin desear saber qué pasaba por tu cabeza en ese momento, qué acababas de hacer antes o qué harías a continuación. De unos años a esta parte, necesitarte es todo lo que sé hacer. Libro una lucha encarnizada y constante contra mi corazón, intentando apaciguar sus fieros gritos y su desenfrenada locura, mientras intento concentrarme en algo que me permita olvidarme de tu existencia aunque solo sea un minuto.
Mi vida ha cambiado por ti, ya lo sabes. Y lo peor es que va a seguir cambiando. Voy a mudarme de ciudad sin estar segura de nada, solo de que quiero verte. Voy a decirle adiós a muchas amistades, a muchos grandes proyectos, a mi familia, a mi casa, a mis hobbies y a mi cama. Pero no me importa.
De hecho, estoy deseando que llegue el día en el que pueda salir corriendo, como nunca antes había corrido, hacia el lugar en el que sé que te encontraré. Y entonces esperar. Esperar, esperar y esperar.
Bien sabe Dios que nunca he tenido mucha paciencia, pero has sido capaz de cambiarme incluso en ese aspecto.
He imaginado tantas veces el momento en que nuestras miradas se crucen que sé que, cuando por fin llegue, el corazón me latirá desbocado, pidiendo sangre, pidiendo oxígeno. Seré feliz por un instante, y ese instante será el más intenso de mi vida: cuando mis ojos te alcancen, vuelvas la mirada y se choquen con los tuyos. Y desearé con todas mis fuerzas que el tiempo se pare en seco y no se reanude jamás.
Sin embargo, ese sueño convertido en realidad, el sueño más corto del mundo, se acabará cuando nuestras miradas se separen y tú sigas tu camino, indiferente. Y tendré miedo de ir tras de ti, miedo de hablarte, miedo al rechazo, miedo a dejar de vivir en una simple ilusión. Entonces, la desolación se apoderará de mí, y me seguiré repitiendo en silencio la palabra "cobarde" durante todo lo que quede de día. Durante todo lo que me quede de vida.
Ni una mudanza, ni un viaje, ni cientos de relaciones de amistad, ni la perspectiva de dar un cambio tan grande podrán jamás frenar mis ganas de mirarte a los ojos, mis ganas de comprobar que eres real. Por eso, en el mismo momento en que eso ocurra, absolutamente todo habrá merecido la pena.
Pena. Tú puedes vivir sin mí. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo. No creo que nunca sea capaz de entender como un nombre y un apellido pueden esconder un significado tan amplio y tan intenso en mi cabeza y en mi corazón, con un poder incapaz de hacerme reprimir una sonrisa. Pero, con cada una de esas sonrisas, hay algo en mí que se desgarra.
Impotencia.
Impotencia.
Una vez más, no estoy escribiendo yo. El corazón se apodera de mis manos porque necesita desahogarse, literalmente, y expresar todo lo que lleva dentro para evitar explotar de la emoción, la frustración y las lágrimas de sangre que lo recorren por toda su superficie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario