Me he acostumbrado a tener tantas cosas que decirte que ni siquiera sé por dónde empezar. Y, sin embargo, ahora que por fin he dado el paso, seguiría escribiendo hasta que se desgastara este lápiz que con tanta impaciencia sostengo entre mis dedos.
Estoy enamorada de ti. Aunque de una forma especial. No, no preguntes, porque ni yo misma lo entiendo. Nunca jamás me había pasado esto antes. No así. Te echo de menos constantemente. Quiero verte, abrazarte, saber cómo hueles; tenerte un rato a mi lado, aunque solo sea un segundo; tener la oportunidad de compartir contigo una conversación, de reflexionar juntos, de que nos sonriamos. Confiarnos nuestras dudas, nuestros planes, confiarnos nuestra confianza. Seguir sonriendo.
Los últimos cuatro años de mi vida se han basado en tener cosas que decirte y enseñarte, y en querer pedirte consejo sobre muchas de las cosas que pienso. Sencillamente, te necesito en mi vida. Puedo prometerte que nunca antes había encontrado a alguien más admirable que tú, más completo y más yo misma.
Tú me has hecho ser quien soy, me has inspirado durante años; me enseñaste a crecer, aportando tantas cosas buenas a mi vida y a mi personalidad que ahora, cuando me pongo a pensar, no me cuesta darme cuenta de lo mucho que has llegado a significar para mí. Y de todo lo que tengo que agradecerte.
Sin embargo, no pretendo que leas esto nunca. O tal vez sí. En cualquier caso, resulta curioso que, sin habértelo propuesto siquiera, hayas influido tanto y tan positivamente en mí, en todo mi yo. Curioso que no hayas sido consciente de esto y que, no obstante, haya pasado. Curioso que no sepas lo que siento aunque lo sienta, y curioso que tal vez nunca lo sepas. Pero aún más bonito y escalofriante me parece todo si tenemos en cuenta que no nos hemos visto nunca.
Increíble. Casi mágico. Sin cruzar una sola palabra, sin mirarnos, sin escucharnos, sin tocarnos. Sin conocernos, aunque yo sí te conozca a ti. Pero sin saber lo que estás pensando, lo que sientes, ni cómo estás ahora mismo. Sin saber a quién le estarás eternamente agradecido o a quién te gustaría regalarle un "te quiero". Ni siquiera estás cerca de mí pero, a pesar de todo, te llevo conmigo en cada decisión que tomo, en cada paso que doy. Y es extraño, pero así es. Y es algo triste, pero así sigue siendo.
Estoy atrapada en mis pensamientos, me agobia guardármelo todo para mí. Tal vez sea por eso por lo que estoy escribiendo. Porque lo necesito. Igual que a ti.
Ahora, si por alguna remota casualidad del destino estás leyendo esto, puede que pienses que estoy loca, que soy un poco tonta o que, sencillamente, estoy obsesionada. Pero no, no es así. Tan solo digo lo que pienso, digo, lo que siento. Soy muy feliz sabiendo que, inconscientemente, alguien como tú se convirtió un día en mi modelo de conducta. Y estoy infinitamente orgullosa de que así haya sido, porque nunca desde entonces he dejado de pensar que escogí a la persona correcta. Una persona que siempre ha sido fiel a sus ideas y que se ha mostrado tal y como es. De hecho, hubo un momento en el que incluso tu apariencia física dejó de importarme tanto como el resto de cosas buenas que llevas dentro. Nunca, aunque lo intentes, conseguirás hacerte una idea de todas las partes de ti que hay en mí. Te sorprenderías si lo supieras.
He disfrutado tantísimo de ti desde la distancia... Puede que no quisiera estropear nuestra peculiar "relación" comunicándome contigo o, simplemente, haciéndote saber que estaba ahí. Porque, en efecto, lo estaba. El verdadero apoyo se demuestra cuando eres capaz de darlo todo sin esperar nada a cambio, y yo lo llevé al extremo: ni siquiera tenías por qué saber quién era. Me he limitado a saber de ti sin que tú supieras de mí, como si una cadena invisible a tus ojos nos uniera: jamás te habrías dado cuenta de que yo iba caminando contigo, viéndote crecer a cada paso que dábamos juntos. He sido feliz solo con saber que tú también lo eras.
El problema es que no sé si quiero que eso cambie. Tal vez siga teniendo un poco de miedo. Miedo de desilusionarte, o de desilusionarme yo. Miedo de que nunca llegue a significar para ti ni la mitad de lo que tú has significado para mí durante todos estos años. Miedo de que no aprovechemos el momento, miedo de que un simple "gracias" se quede corto, miedo a haberte idealizado demasiado. Miedo de que leas esto y miedo de que no lo leas. Miedo de que yo en realidad no te importe, aunque no podamos evitarlo, y de que solo sonrías y me devuelvas ese "gracias" porque quieras ser educado, y no porque de verdad lo sientas. Miedo de ser considerada una de tantas. Porque no, no he sido la única persona que ha logrado darse cuenta de lo mucho que vales. No consigo entender por qué no hay más personas en el mundo como tú.
A pesar de todo, sé con certeza que el destino me dará, tarde o temprano, una oportunidad para mirarte directamente a los ojos, aunque no sea capaz de decirte nada. Mientras tanto, solo me queda desearte lo mejor.
Por eso y por más, porque siento que estoy en deuda contigo, necesito darte las gracias. Necesito decirte "te quiero". Nunca habrá otro mes más especial para mí. Ese mes que no entiende de colores.
Ah, y una última cosa. Seguro que alguna vez has tenido la sensación, al leer algo tuyo, de que para escribirlo ni siquiera tuvo que intervenir la mente, sino que era tu corazón el que pensaba en voz alta a través de tus manos, que se deslizaban sin ayuda sobre el papel, ansiosas, intentando ordenar y describir con palabras el inmenso remolino de sentimientos que circulaban por tu interior.
Justo eso estaba sintiendo ahora mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario