jueves, 22 de enero de 2015

Caminos (parte 2)

"Y ahora estoy aquí. Si se están preguntando dónde, les diré que nunca paré de caminar desde aquel día. Sigo el ritmo de mis pasos, que, aunque algo más cansados por la larga senda recorrida durante todos estos años, siguen pisando firme como antaño, decididos y sin ganas de pararse todavía. El camino vuelve a ser ancho ahora, aunque no tanto como lo fue en su día; las ramificaciones y los caminos a elegir son cada vez menos. Mis posibilidades han ido reduciéndose conforme avanzaba.

Hay alguien a mi derecha. Es bastante joven y lleva un paso firme, enérgico y fuerte. Hay algo en ella que me recuerda a mí, algo que me hace pensar en cómo pasa el tiempo, en cómo cambian las cosas. Por un instante, la nostalgia se apodera de mi mente, aunque una parte de mí sigue pensando que el pasado y el futuro no importan tanto como creemos. Pero también me hace darme cuenta de hasta qué punto la forma de dar tus pasos puede llegar a definirte.

Sopla una ligera brisa juguetona que le alborota el pelo, y ahora la joven se detiene. Y yo con ella. Es entonces cuando puedo observar cómo, muy lentamente, se agacha y arranca con suavidad una rosa. Sin duda, la flor más bonita que he visto en todos estos años. La contempla con admiración y sonríe tras olerla. De repente, veo en ella a esa niña totalmente contraria a su padre, capaz de apreciar esas pequeñas maravillas que, aunque no nos demos cuenta, siempre están ahí. Nuestras miradas se cruzan. Y es entonces cuando me ofrece la flor. En ese momento, sé que ha conseguido recordar que ya nos habíamos encontrado antes.

Ahora soy yo el que tengo que cambiar mi rumbo. Son ya muchos años de travesía, pero que no me arrepiento de haber recorrido. Tal vez ella continúe todo recto, o tal vez quiera pararse un momento a descansar. Sea como sea, sabemos que por mucho tiempo que compartamos un camino con alguien, estamos destinados a que tarde o temprano nuestras direcciones se separen. A pesar de todo, le prometí a esa chica que, si al final del camino lograba reencontrarme con su padre, cuidaría de él como una vez él cuidó de aquella niña. Además de eso, le diría que su hija me enseñó una lección, y es que quizás no todo está en andar, sino en pararse un momento y ser conscientes de los pequeños e infinitos detalles que el camino de nuestra vida siempre nos ofrece."



(18 de octubre de 2014, 3:25)

domingo, 18 de enero de 2015

Caminos (parte 1)

"Caminar nunca me había parecido interesante. Y mucho menos divertido. Siempre intentaba distraerme de otro modo, quizás la sociedad le había quitado a las pequeñas cosas, a los verdaderos placeres de la vida, una parte muy importante de su valor. Sin embargo, aquella vez todo era diferente. La anchura del sendero y la exótica pureza del entorno que contemplaba eran capaces de hacer sentir vivo a cualquiera. La paz y la calma podían respirarse, casi incluso palparse. Me pareció que había vivido muy pocos momentos tan felices. Miré al frente, y aquel atardecer me devolvió la esperanza. En todo. Entonces deseé haber descubierto antes semejante maravilla, así como el inmenso placer que me producía el simple hecho de poner un pie por delante del otro consecutiva y regularmente y marcar el ritmo de mis propios pasos, de mi propia vida. Vida. Ciertamente, me sentía a rebosar de vida. Daba la sensación de que cada poro de mi piel tenía la capacidad de absorber todas las cosas bonitas que encontraba a mi paso.

Un latido. Otro. Otro más.
Un paso. Otro. Otro más.
Pero siempre la misma sonrisa.

Creo que nunca me había importado tan poco el futuro, o el mero hecho de no haber prefijado un destino. Caminaba sin rumbo, pero no había tiempo para pensar en lo que ocurriría después. Sólo existía ese momento. Ahora.

Había un hombre a mi derecha. La fresca brisa le alborotaba el pelo al tiempo que daba un paso tras otro, cada cual más rápido, intentando no perder un segundo. Una niña caminaba a su otro lado, a la cual miraba de vez en cuando y apremiaba con tiernas palabras para evitar que aminorara el ritmo. Estaban cerca uno del otro, pero no se cogían de la mano, a pesar de que yo tenía la certeza de que la confianza entre ellos era la suficiente para hacerlo.

Las tres personas, que ocupábamos apenas una pequeña parte del sendero, teníamos diferentes maneras de verlo. Yo acababa de darme cuenta, después de tanto tiempo, de la belleza que albergaba, y no podía sino disfrutar de cada segundo que pasaba y de cada uno de los movimientos que mis músculos realizaban. Con aquel traje de chaqueta, el adulto de mi derecha parecía demasiado ocupado como para pararse a mirar lo que tenía alrededor. La niña, que hizo ademán de agacharse a arrancar una flor para olerla, se veía constantemente arrastrada por su padre, el cual, con su aparente prisa, no estaba dispuesto a perder el tiempo.

Todo transcurrió así hasta que, de improviso, se produjo un repentino cambio en el sendero. Empezaron a divisarse varias ramificaciones que se extendían hacia fuera del bellísimo y amplio camino inicial. Tanto a la izquierda como a la derecha, empezaron a surgir trechos de tierra mucho menos anchos. Volví la mirada hacia la pareja; no sabía qué iba a ser de ellos. La ahora intrincada forma del sendero obligó a ambos a girar a la derecha y a seguir un camino que, quién sabe, quizás algún día volviera a juntarse con el mío. A mí, por el contrario, no me quedó más remedio que continuar recto, aunque entonces tampoco supe a dónde me llevaría este nuevo tramo."

sábado, 3 de enero de 2015

Una vida juntos


"La biblioteca del pueblo era nuestro lugar de encuentro. Solía desear, impaciente, que llegara la hora en la que por fin nos encontraríamos. Y, cuando ésta se acercaba, nada me impedía correr. Cada día recorría las calles y los caminos, atravesaba los parques y las plazas, teniendo como único motor la ilusión que me producía saber que iba a estar contigo. Y corría. Corría hasta que la puerta que me separaba de ti me obligaba a detenerme. Empujarla siempre parecía más pesado cuando la impaciencia se apoderaba de mí. Con la respiración aún agitada, entraba en la sala. Nunca llegué a dudar realmente de que no fuera a encontrarte dentro. Sabía que nunca me abandonarías. Y, efectivamente, allí estabas. Y recuerdo cómo no podía esperar a tenerte entre mis brazos.



Nunca nada me había hecho sentir algo así. Pero tú siempre fuiste especial.



Ahora, que sigues aquí conmigo, con tu cubierta antigua repleta de relieves entre los que se pierden mis dedos y tus tantas páginas desgastadas por los años, cuyo olor me trae tantos magníficos recuerdos, me doy cuenta de que me cambiaste la vida.



Fuiste aquella novela que me robó el corazón."


 (26 de octubre de 2014, 1:45)