"Caminar nunca me había parecido interesante. Y mucho menos divertido. Siempre intentaba distraerme de otro modo, quizás la sociedad le había quitado a las pequeñas cosas, a los verdaderos placeres de la vida, una parte muy importante de su valor. Sin embargo, aquella vez todo era diferente. La anchura del sendero y la exótica pureza del entorno que contemplaba eran capaces de hacer sentir vivo a cualquiera. La paz y la calma podían respirarse, casi incluso palparse. Me pareció que había vivido muy pocos momentos tan felices. Miré al frente, y aquel atardecer me devolvió la esperanza. En todo. Entonces deseé haber descubierto antes semejante maravilla, así como el inmenso placer que me producía el simple hecho de poner un pie por delante del otro consecutiva y regularmente y marcar el ritmo de mis propios pasos, de mi propia vida. Vida. Ciertamente, me sentía a rebosar de vida. Daba la sensación de que cada poro de mi piel tenía la capacidad de absorber todas las cosas bonitas que encontraba a mi paso.
Un latido. Otro. Otro más.
Un paso. Otro. Otro más.
Pero siempre la misma sonrisa.
Creo que nunca me había importado tan poco el futuro, o el mero hecho de no haber prefijado un destino. Caminaba sin rumbo, pero no había tiempo para pensar en lo que ocurriría después. Sólo existía ese momento. Ahora.
Había un hombre a mi derecha. La fresca brisa le alborotaba el pelo al tiempo que daba un paso tras otro, cada cual más rápido, intentando no perder un segundo. Una niña caminaba a su otro lado, a la cual miraba de vez en cuando y apremiaba con tiernas palabras para evitar que aminorara el ritmo. Estaban cerca uno del otro, pero no se cogían de la mano, a pesar de que yo tenía la certeza de que la confianza entre ellos era la suficiente para hacerlo.
Las tres personas, que ocupábamos apenas una pequeña parte del sendero, teníamos diferentes maneras de verlo. Yo acababa de darme cuenta, después de tanto tiempo, de la belleza que albergaba, y no podía sino disfrutar de cada segundo que pasaba y de cada uno de los movimientos que mis músculos realizaban. Con aquel traje de chaqueta, el adulto de mi derecha parecía demasiado ocupado como para pararse a mirar lo que tenía alrededor. La niña, que hizo ademán de agacharse a arrancar una flor para olerla, se veía constantemente arrastrada por su padre, el cual, con su aparente prisa, no estaba dispuesto a perder el tiempo.
Todo transcurrió así hasta que, de improviso, se produjo un repentino cambio en el sendero. Empezaron a divisarse varias ramificaciones que se extendían hacia fuera del bellísimo y amplio camino inicial. Tanto a la izquierda como a la derecha, empezaron a surgir trechos de tierra mucho menos anchos. Volví la mirada hacia la pareja; no sabía qué iba a ser de ellos. La ahora intrincada forma del sendero obligó a ambos a girar a la derecha y a seguir un camino que, quién sabe, quizás algún día volviera a juntarse con el mío. A mí, por el contrario, no me quedó más remedio que continuar recto, aunque entonces tampoco supe a dónde me llevaría este nuevo tramo."
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