He vivido esperando que me esperaras, esperando llegar a tiempo, esperando que no fuera demasiado tarde.
Pero todo ha cambiado.
Tú, que has marcado mi rumbo.
Tú, que eres el culpable de que este camino empezara.
Tú, que siempre has sido mi meta.
Pero todo ha cambiado.
Y así,
esquivando obstáculos,
dejándome la piel,
planeando esta ruta que sigo,
me he pasado las horas,
los días,
los meses.
Los años. Muchos años.
Sin esperar nada a cambio.
Pero tú también tienes tus metas,
tus objetivos, tus principios, tus finales,
tu camino.
Y el mío es invisible para ti, igual que yo.
Por eso todo ha cambiado.
No he podido hacer nada. Solo correr, correr, correr y correr para intentar alcanzarte, correr siguiendo ese rumbo que habría de llevarme hasta ti. Sin éxito.
Porque todo ha cambiado. Porque por mucho que hiperventile, sude, me destroce los pies o grite para intentar que me oigas, todo será en vano.
Tú avanzas más rápido. A pasos agigantados. Da la sensación de que estás a punto de echar a volar. La mitad de mi esfuerzo te basta para seguir adelante, sin darte cuenta de que, lo que a mí me parecen unos cuantos miles de kilómetros por detrás, hay alguien que grita con fuerza tu nombre, desesperadamente, intentando que te detengas, que esperes, que te des cuenta de que nada le merece la pena si no le acompañas tú hasta el final.
Todo ha cambiado y ahora jamás llegaré a alcanzarte. O tal vez sí, pero no a tiempo.
Así es la vida. Luchas por conseguir algo y, cuando crees que todo está a punto, que tu camino está preparado para ser recorrido, que tu meta va a ser alcanzada tarde o temprano...
Todo cambia. Y cambia para siempre. Porque la meta se desplaza y se descuadran los planes, se desfigura el camino, se emborronan las huellas.
Todo lo andado ya no importa. Todo cambia, y cambia para siempre. Y ni siquiera depende de mí.
Todo lo andado ya no importa. Todo cambia, y cambia para siempre. Y ni siquiera depende de mí.
Cuando la meta es una persona, nunca sabes lo que puede pasar.
Solo el corazón tiene la culpa de esos cambios.
Lo único que ahora sé es que mi corazón seguirá apostando por ti.
Ahora estoy aquí, parada.
Miro atrás y me doy cuenta de que cada huella en el camino, ese que empezó hace algunos años, ha estado en su mayoría inspirada por ti.
Ahora estoy aquí, parada.
Miro hacia alante y contemplo cómo te alejas, poco a poco...
Ahora estoy aquí, parada. Aquí.
Sí, he llegado hasta aquí y nada va a impedirme continuar.
Voy a seguir andando, no te quepa duda, aunque la ilusión y la esperanza se hayan visto mermadas. Ya no tengo nada que perder.
Y es que, ¿qué me queda sino esperar a que te detengas, te tomes un descanso, respires profundamente y se te ocurra echar un vistazo a tus espaldas para percatarte de mi existencia, salvarme de esta agonizante carrera y declararme vencedora ante el dolor en esta encarnizada batalla que libro por ti?
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